Diatomea
Como una sombra veloz se aproxima un muchacho con un bulto enorme en la espalda, salpica tierra suelta y barro por donde pasa, detrás de él se oyen ruidos feroces, rugientes. Y luces blanquecinas azuladas penetran la oscuridad de la noche, junto a los ruidos parecen espíritus sedientos y vociferantes. El muchacho corre tan fugazmente que pronto empieza a dejar atrás a quienes lo perseguían como un látigo infernal, le dejan, por cansancio, alejarse sin más. A pesar de su ventaja el muchacho sigue corriendo, con una fuerza interior incomprensible para los animales extremófilos que lo ven pasar. Finalmente, después de mucho alejarse, en la negrura y putrefacción de un tronco roído, se apoya cansado. Respira agitado y arruga su frente ante el dolor de todo su cuerpo que se contorsiona sin querer en múltiples calambres. Se arrastra hacia abajo hasta quedar sentado y comienza a reír suavemente. Su risa crece hasta ser la risa de un loco. Luego, se pone la mano en el pecho y mira el cielo, las pocas estrellas que se ven en la infinita negrura que lo cubre le entregan un dejo de afilada e hiriente esperanza. Se queda ahí lo suficiente para poder calmar su pecho y comienza a quedarse dormido, se da en la cara una cachetada, se sube su cubrebocas y comienza a caminar.
Próximamente
Galería
3 imágenes
01 de 3